lunes, 21 de noviembre de 2011

UN ENSAYO DE LA MUERTE

Hay un momento cuando todo toma sentido, el momento exacto cuando se devela ante nuestros ojos la realidad, la verdad máxima. Un momento cuando todos los dogmas, los sueños, las esperanzas se rompen en pedazos. Ese momento sublime en que se detiene el tiempo, cuando se rompe para siempre todo lo establecido, cuando se desnuda ante nosotros la ilusión de la que fuimos presa durante mucho tiempo, es el momento fundacional de nuestro futuro, de lo que serán nuestras próximas vidas.

Y es que el fin de una era no es un proceso fácil, ningún final lo es, no hay finales felices, solo en los cuentos de hadas podemos encontrarlos. Los finales, cualquier final es un proceso doloroso, pequeños ensayos de la muerte. La muerte del amor es aún más difícil, y los finales son aún más dolorosos, los lazos que se rompen no se rompen con el filo de una navaja, ni de un solo tajo, los tendones se rompen poco a poco, a mordidas, a arañazos, se rasgan con las uñas, con inmenso dolor, tirando una lágrima por cada lazo que se rompe, desangrándose en pequeñas dosis, hasta quedar exhausto, hasta que ya no se puede respirar, hasta que la mirada queda fija mirando el vacío.

Pero llega un día en que se abre una puerta y se devela la realidad, la realidad máxima, cruda, estremecedora, y entonces te das cuenta de que has vivido engañado, que nada de lo que creías fue cierto, que todo ha sido un sueño, un juego retorcido de la mente y todo lo que creías puro, eterno, bello y único, no es más que una proyección errónea, un objeto fútil, simple, mundano.

Sin embargo, en ese momento en que los rayos se descargan con furia sobre la tierra, cuando caen meteoritos a nuestro alrededor, cuando los fantasmas demoníacos nos azotan la espalda, cuando fuego incandescente entra por los ojos y miles de cuchillos se clavan en el corazón, en ese momento, en ese momento cuando sabes que se ha muerto una parte de ti, que los latidos no serán los mismos, que la vida cambió para siempre, en ese momento la angustia, el dolor, la ansiedad, la esperanza, el miedo, cesan repentinamente, como un electro shock, como un exorsismo que cauteriza el alma, que permite seguir adelante, caminando como un zombi que aunque muerto parece estar vivo.

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