miércoles, 20 de julio de 2011

DOS POEMAS DE CORTAZAR

Hay veces en que es difícil escribir lo que siente sin sonar demasiado cursi o demasiado frío, pero hay días en que uno abre un libro y encuentra las palabras precisas para definir el momento que se está viviendo, y simplemente es un alivio que da al alma saber alguien entiende lo que sientes.

Estos dos poemas me cautivaron desde el primer día que los leí, están incluidos en un libro de Julio Cortazar titulado Salvo el Crepúsculo, un libro que encontré y compré por casualidad en el Centro. Lo vi, lo abrí en cualquier página como acostumbro hacerlo para que el libro mismo me dijera algo, y casualmente los dos poemas están en páginas encontradas, entonces esa tarde me hablaron:


SI HE DE VIVIR

Si he de vivir sin ti, que sea duro y cruento,
la sopa fría, los zapatos rotos, o que en mitad de la opulencia
se alce la rama seca de la tos, ladrándome
tu nombre deformado, las vocales de espuma, y en los dedos
se me peguen las sábanas, y nada me de paz.
No aprenderé por eso a quererte mejor,
pero desalojado de la felicidad
sabré cuánta me dabas con solamente a veces estar cerca.
Esto creo entenderlo, pero me engaño:
hará falta la escarcha del dintel
para que guarecido en el portal comprenda
la luz del comedor, los manteles de leche, y el aroma
del pan que pasa su morena mano por la hendija.


Tan lejos ya de ti
como un ojo del otro,
de esta asumida adversidad
nacerá la mirada que por fin te merezca.



ENCARGO

No me des tregua, no me perdones nunca.
Hostígame en la sangre, que cada cosa cruel sea tú que vuelves.
¡No me dejes dormir, no me des paz!
Entonces ganaré mi reino,
naceré lentamente.
No me pierdas como una música fácil, no seas caricia ni guante;
tállame como un sílex, desespérame.
Guarda tu amor humano, tu sonrisa, tu pelo. Dalos.
Ven a mí con tu cólera seca de fósforo y escamas.
Grita. Vomítame arena en la boca, rómpeme las fauces.
No me importa ignorarte en pleno día,
saber que juegas cara al sol y al hombre.
Compártelo.


Yo te pido la cruel ceremonia del tajo,
lo que nadie te pide: las espinas
hasta el hueso. Arráncame esta cara infame,
oblígame a gritar al fin mi verdadero nombre

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