Si alguien me hubiera dicho hace algunos años en qué nos convertiríamos, no le hubiera creído.
Hubiera pensado que estaría loco o celoso de mi buena suerte.
¿Cómo creer que alquel crisantemo puro y blanco que fue nuestro amor se convertiría en hiedra venenosa que todo lo mata?
Y menos probable aún era pensar que nuestros corazones cambiaran de rumbo como barcos llevados a la deriva por tormentas insondables.
Era como pensar que en plena luz del día el cielo se oscureciera para dar paso a la oscuridad traicionera y atroz.
Pero qué mente enferma podría vaticinar tal profesía,
quizás la mente de un lunático arrastrado por terribles sueños de desesperación y desesperanza.
Alguien capaz de ver más allá de la realidad firme e ilusoria.
Y sin embargo hoy que estamos lejos como estrellas solitarias al final de los tiempos, como hojas sin rumbo marcadas por el signo de la muerte,
he visto la maldad en tus ojos y la voz oscura y profunda de posos sin fondo.
He sentido el frío de los dardos envenenados de tu corazón y he visto las miles de máscaras de tu teatro de locos y muertos.
Como un espectador de historias lejanas de terror sin nombre he tocado la llama ardiente de tus celos y tu frustración.
Y quizás hoy, dos años después de que desapareciste tras la puerta de nuestro rincón de días interminables,
me doy cuenta que las profesías ya las conocía y el final de esta historia es un epitafio de mi propia muerte, pactada siglos antes de que lo supiera.
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